Los tesoros de esta isla son de dos tipos. Unos saltan a la vista y sorprenden al viajero a cada paso: la arena suave, fina y brillante que se cuela entre los dedos; el mar, que desde su inmensa tranquilidad en tonos verdeazulados contempla la vida de los isleños y pobladores cuya enigmática belleza se traduce en cabellos rizados, ojos expresivos y pieles que se debaten entre el moreno tostado y el negro más dulce.
Los otros son los encantos discretos, aquellos en los que el viajero debe invertir un poco más de tiempo para descubrirlos y disfrutarlos; son los que viven debajo de mar turquesa: los arrecifes corales.
En Roatán lo mejor es explorar este territorio por su extremo oeste, en la orilla de la conocida West End. Una calle larga y sin pavimentar concentra la actividad en numerosos restaurantes, bares y discotecas. Los estilos se mezclan bajo una regla única: la diversión.
Ahí es posible olvidarse de las etiquetas y los convencionalismos durante cualquier velada, en la que la música que ambienta va del rock al reggae pasando por el jazz, el pop y la electrónica. La noche se disuelve en notas.
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